Puede una ser viajada, puede una saber moverse por los teatros vieneses, por las tabernuchas de Londres y por el Café de la Montaña con la misma soltura y atención (non dimenticare que por lo menos tan importante como la huella que uno deja es la impresión que consigo se lleva), puede una haber hecho de sí el más versátil cráneo capaz de sostener, a la vez si la circunstancia se pone exigente, todo el muestrario de pelucas de Alexandre de Paris, puede en fin ser digna de girarse si oye que dicen mujer de mundo, pero ¿podrá oír sin que se le deshagan
las trenzas de las venas
palpitantes mechones de esa otra cabeza que es el corazón
el nombre atávico de la ciudad en que vio la luz?
Quando oí el nombre de Astracán pronunciado por aquellos joviales cavalieri sólo vi sus rientes dentaduras. El decorado de espejos que multiplicaban los globos de luz y las copitas de ajenjoide chinchón cuyas gotas el sentimental borracho mira eternamente deslizarse como él mismo copa abajo después de cada trago se disolvió en su provisionalidad. Si la materia es eterna, quede como prueba en mi memoria, para futuras dudas, la persistencia de aquella potente dentadura, empeñada en superponerse a la evocadora convención del nombre del lugar donde nací. La revelación me turbó, y volví los ojos al libro. Leí otra vez
Por eso, mozuelas locas,
antes que la edad avara
el rubio cabello de oro
convierta en luciente plata,
quered cuando sois queridas,
amad cuando sois amadas;
mirad, bobas, que detrás
se pinta la ocasión calva.
¡Que se nos va la Pascua, mozas!
¡Que se nos va la Pascua!
Leí y releí con furia, no intentando comprender el arcano mensaje, sino empeñada en borrar el hilo que de brutal golpe se había establecido entre la imagen de la ibérica quijada, oh, país de cainitas, y la musical tríada de sílabas: As-tra-cán, el viaje de tres pasos que la punta de la lengua emprende en la ventanilla de la estación de tren, cuando lo que se quiere es volver a casa.
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domingo, 26 de abril de 2009
miércoles, 11 de febrero de 2009
Astragada de astracanadas, c'est toi
"Muy bonito el espíritu del pueblo español, pero me pincha con las barbas", reaccioné, astragada de ayes y gemíos. Definitivamente, en los pueblos meridionales el romanticismo es un hirsutismo. Devolví el libro a la biblioteca municipal, que con mi gesto pudo reabrir las puertas al recuperar sus fondos, pero estaba ya en el mostrador cuando me di cuenta de que no valía la pena preguntarle al bibliotecario por las tendencias más vanguardistas de la nueva poesía del país. Porque la poesía no tiene país, justifiqué mi timidez y mis prejuicios con invertido argumento, porque en realidad son los países los que tienen poesía.
Prejuicios: Hay que tenerlos.
Se entiende que para entonces ya había capito que me iba a resultar muy difícil salir de Spagna. ¿Le prendo fuego? La idea me cruzó la testa en homenaje a los empecinados moscovitas que dejaron arder los muros de la ciudad suya para que Napoleón no se hiciera con ella. Pues yo me resistía a que España se hiciera conmigo. Otro análisis invertido de la situación, porque en rigor debía haberme prendido fuego a mí misma, si pretendía escamotearme de las garras del toro. Es que mi país es un oso, y para mí todos los animales tienen garras.
De astracán.
Más satisfacciones me dio Madrid. Si quiere conocer la vanguardia, visite Madrid, señorita, me habían recomendado en el ateneo de Calatayud. Me alojé en una casa de huéspedes de la calle Atocha. El ambiente de vanguardia era acojonante. Atochaba una niña… ¡¿Atochaba?! No me costó acostumbrarme a comer medio filete con un café con leche después de pasar el día dando tumbos. Tal y como me habían prevenido, si se pasaba la mano por la parte inferior de la mesa de mármol, se podían notar las letras grabadas en la lápida. Cuando quería hacerme la desahuciada que no tiene dinero para un giornale que hojear mientras come, leía con los dedos acariciando la lápida como quien se busca un grano en la espalda. Estas son las metáforas que aprendí en la calle Atocha.
Pero también lo que uno espera sorprende cuando llega. En un cafetín cercano al Teatro Español esperaba yo la aparición de la nueva poesía cuando oí que en la lápida de al lado varios hombres reían y hablaban de algo que a la vez me pareció renovado y familiar. Repetían mucho una palabra.
-Perdonen, ¿qué quieren decir con esa palabra que tanta gracia les hace?
-¿Astracanada? ¿Y tú me lo preguntas?
Todo español lleva un galán dentro. ...qué hermoso pelo tiene, carabí...
Prejuicios: Hay que tenerlos.
Se entiende que para entonces ya había capito que me iba a resultar muy difícil salir de Spagna. ¿Le prendo fuego? La idea me cruzó la testa en homenaje a los empecinados moscovitas que dejaron arder los muros de la ciudad suya para que Napoleón no se hiciera con ella. Pues yo me resistía a que España se hiciera conmigo. Otro análisis invertido de la situación, porque en rigor debía haberme prendido fuego a mí misma, si pretendía escamotearme de las garras del toro. Es que mi país es un oso, y para mí todos los animales tienen garras.
De astracán.
Más satisfacciones me dio Madrid. Si quiere conocer la vanguardia, visite Madrid, señorita, me habían recomendado en el ateneo de Calatayud. Me alojé en una casa de huéspedes de la calle Atocha. El ambiente de vanguardia era acojonante. Atochaba una niña… ¡¿Atochaba?! No me costó acostumbrarme a comer medio filete con un café con leche después de pasar el día dando tumbos. Tal y como me habían prevenido, si se pasaba la mano por la parte inferior de la mesa de mármol, se podían notar las letras grabadas en la lápida. Cuando quería hacerme la desahuciada que no tiene dinero para un giornale que hojear mientras come, leía con los dedos acariciando la lápida como quien se busca un grano en la espalda. Estas son las metáforas que aprendí en la calle Atocha.
Pero también lo que uno espera sorprende cuando llega. En un cafetín cercano al Teatro Español esperaba yo la aparición de la nueva poesía cuando oí que en la lápida de al lado varios hombres reían y hablaban de algo que a la vez me pareció renovado y familiar. Repetían mucho una palabra.
-Perdonen, ¿qué quieren decir con esa palabra que tanta gracia les hace?
-¿Astracanada? ¿Y tú me lo preguntas?
Todo español lleva un galán dentro. ...qué hermoso pelo tiene, carabí...
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martes, 20 de enero de 2009
Viajar es perder las gafas
Quando salí de Astracán, a la orilla del mar Caspio, en el mundo sonaba la hora en que la afición aplaudía enfervorecida a los hirsutos tenores napolitanos que attacavano La Danza y Marechiare en rutilantes de tan horterones escenarios; Francia atorraba ya, Italia era el modelo, las burguesas aprendían a cocer espaguetis, innobles pelambreras farináceas, mientras sus hijas soñaban con byronesque idilios que con suerte quedaban en sórdidos intercambios con gondoleros piojosos venuti de Molise, pero en todo hay poesía
me decía yo
y acabé en Parma
donde la cartuja
fears to tread
Allí aprendí lo que llaman la lengua de Petrarca, pero a mí nunca me ha gustado così chiamarla,
porque si hay algo que odio
es el tópico
y el tópico era el truco con el que los parmesanos todos
se me acercaban
creyéndose el solo parmesano
que se me acercaba
Y una vez más tuve que irme
Me quedo.
somos muertos de permiso?
me decía yo
y acabé en Parma
donde la cartuja
fears to tread
Allí aprendí lo que llaman la lengua de Petrarca, pero a mí nunca me ha gustado così chiamarla,
porque si hay algo que odio
es el tópico
y el tópico era el truco con el que los parmesanos todos
se me acercaban
creyéndose el solo parmesano
que se me acercaba
Y una vez más tuve que irme
Catada la Francia –que no es como la describen– un rossignol me señaló el camino de los Pirineos. Crucé por Portbou. Perdí las gafas. Pregunté por el espíritu del pueblo, porque de verdad no sabía nada. Me dieron un garrotazo. “No escarmientes nunca”, recordé el consejo, y pedí un libro en el que pudiera conocer la poesía del país. Cantes flamencos, se llama el que me dieron, recopilación de don Antonio Machado y Álvarez, a la sazón padre del drogadicto y del maltratador. Y aunque no entiendo un cazzo, aquí estoy leyendo
Si me s’ajuma er pescao
y desenbaino er cuchiyo
con quarenta puñalás
s’arremata el asuntiyo
Si me s’ajuma er pescao
y desenbaino er cuchiyo
con quarenta puñalás
s’arremata el asuntiyo
Me quedo.
No he de nunca volver, pero llevaré siempre en el cuor un pedacito de Rusia: ¿no conocen acaso el verso de mi hermano de padre
somos muertos de permiso?
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