miércoles, 24 de octubre de 2007

Necrografía

Necrografía: una de las ramas más conocidas de la medicina forense, utilizada regularmente para leer el cuerpo del delito.
Jean Jacques Cicero, que en la región más septentrional de Wu se pronuncia con un leve seseo, y en todo el país, cuando se quiere ironizar sobre el método, se utiliza cierto tonillo esdrújulo, nació en el segundo arrondissement de París, una mañana de cielo cirriado[1]. Corría el año 1754, y la moda francesa era el turbante y un libro debajo del brazo. Sus padres habían llegado a la capital gala siete años antes, tras un largo viaje desde Wu, donde la medicina y la farmacología todavía se encontraban en el periodo prehipodérmico. Cicero, desde su más tierna infancia, demostró unas aptitudes innatas hacia el análisis anatómico-forense. Son conocidas de esta primera etapa, las extracciones de glándulas sebáceas a plantígrados domésticos y la utilización de tendones humanos para el arco de su violín, otra gran afición del joven Jean Jacques.
Aunque cursó los estudios de medicina, farmacia y biología en un tiempo récord, obteniendo los mejores resultados desde que la universidad parisina fue fundada, Cicero, “Tulp”, como le apodaban sus compañeros de carrera, siempre creyó que el conocimiento estaba anticuado, y que era necesario impulsar nuevos métodos e innovadoras formas de acometer la medicina. Fue durante estos años que precedieron a su éxito profesional, en los que nuestro gran hombre sintió la pulsión de leer desaforadamente toda clase de libros, al mismo tiempo que alternaba su lectura con la vivisección de anfibios extraídos del Sena, enumeraciones mentales de ganglios, nervios, huesos y órganos, reflexiones metafísicas sobre la propulsión del calamar y diversas exploraciones de los órganos sexuales de su vecina Celine Villot, con la que finalmente llegó a casarse después de pasarle numerosas consultas.
Desde 1779 trabajó como médico forense de la morgue situada en la calle Lefévre. Una inmensa biblioteca rodeaba la mesa de operaciones donde noche tras noche, Cicero diseccionaba los cadáveres de los asesinados y de los ajusticiados que le traían los gendarmes. Son numerosos los testimonios tanto de él mismo, como de su mujer o sus más íntimos allegados, que dan cuenta de un clima “perverso” y enrarecido al unir tanta prosa y tanta muerte en un solo espacio. Varias veces confundió Jean Jacques la pluma con el bisturí, la sangre con la tinta, las hojas con las gasas, se tiene constancia de que incluso llegó a rotular sobre el pecho de un muerto una idea extraída de un libro de Rousseau y a cotejar en una balanza el cerebro de un científico y el primer volumen de la enciclopedia.
Pero sus métodos de análisis anatómicos conocidos como Necrografía, tuvieron un comienzo mucho más puntual y extraordinario. El dos de abril de 1786, habiendo cerrado a altas horas de la madrugada su laboratorio-biblioteca, Cicero se encaminó hacia su residencia de la Rue Lorraine. Habiendo caminado unos cientos de metros, se topó con una pequeña plaza oscura, en el centro de ésta, el cadáver de Didot Pradier[2] flotaba en una fuente. El espacio entre el tipo y la columna de la que manaba agua, estaba lleno de octavillas con el informe fiscal de Jacques Necker. Cicero, iluminado, encontró en el cuerpo y el texto, un signo, un símbolo mayúsculo que le hizo explotar en una auténtica hemorragia de sabiduría. Rápidamente, arrastró el fiambre a su madriguera y se dispuso a hacerle un chequeo completo. Se percató, abriéndole por el lomo, de que, como en los demás cuerpos, la médula estaba fresada a la columna, pero ésta tenía su espinazo constreñido, sin espacio intervertebral. Del rostro de Didot había desaparecido todo rastro de cuatricromía. Tras realizarle una sangría quedó más blanco todavía. Los pulmones encharcados de agua no cabían dentro de la caja. Examinó un apéndice, el pie, las tripas, y después la cabecera, procediendo a dibujar un pointillé sobre la frente y seccionar con una herramienta rústica la tapa. Suturó después con 24 puntos.
A medida que el análisis continuaba, Cicero se dio cuenta de que iba leyendo punto por punto los hechos acaecidos en el cuerpo de Didot, y que el misterio se desvelaba a cada subrayado del escalpelo. Así dictaminó que el fenecido había saltado de una altura elevada, probablemente perseguido por repartir los panfletos de Necker, ya que el pie lo tenía fraccionado en mil partes, como si se lo hubieran guillotinado varias veces. Las tripas también habían sucumbido a un impacto que había multiplicado su gramaje, desplazándolas hacia las regiones inferiores. Didot, deshecho, se había acercado renqueando a la fuente, donde cayó desmayado, ahogándose en sus procelosas aguas.
Como los brujos de las tribus africanas cuando lanzan los huesos al aire, Cicero logró establecer un orden de lectura sobre los cadáveres, el método necrográfico que aún hoy sigue vigente en todos los tanatorios de Wu. Incluso una cátedra en la Universidad Nacional lleva su nombre, y es otorgada a aquel que logre hacerse un erudito tanto en la acupuntura como en los signos de puntuación.
Las ediciones de bolsillo de Aldo Manuzio le dieron la posibilidad de leer los cuerpos de los niños, y la lectura de los incunables le permitieron explicar la autopsia geriátrica.
Jean Jacques Cicero fue ejecutado el 28 de mayo de 1797, por participar en la llamada “Conspiración de los Iguales” junto a su compañero de infancia François Nöel Babeuf, a quien le debía un par de favores. Cuenta la leyenda popular que cuando la hoja de la guillotina cayó y seccionó la cabeza de Cicero ésta fue mostrada inmediatamente al público asistente. Todo el mundo allí congregado creyó oír unas palabras frágiles pero claras y sorpresivas que salían de su boca: “Cogito ergo non sum”, parece que fueron sus últimas declaraciones mientras con el rabillo del ojo veía su cuerpo decapitado tendido en el suelo, inerte, desposeído de su alma pensante, como el final de un mal libro.

[1] En su biografía Cicero, Jean Jacques (1812) La letra con sangre entra Seledonia, Trujillo, p. 66, Cicero hace mención a la meteorología en su periodo neonato, como un mundo de nubecillas de algodón. Podemos presuponer que se debe a que la cúpula celeste se hallaba tapizada de condensaciones en forma de cirro, o cirro-cúmulos en cualquier caso. N. del T.
[2] El reciente estudio de Lauchman, Frédéric (2003) Impresiones sobre Guttemberg Hélice, Bonn, p. 890, desvela que la tía bisabuela de la casera de Didot Pradier invitó una vez a Guttemberg a un chato de tinto chino. Este tinto procede de la uva china, fruta muy cultivada en la planicie mesetaria de Wu y que se diferencia de la grosella común en que ésta última siempre tiene un número primo de simientes.

3 comentarios:

Gérard de Nerval dijo...

Tremendo señor del Sebo. Es usted tremendo.

Glicerino dijo...

Ni nocilla dream

Anónimo dijo...

Yo opino lo mismo que gerard de nerval, y no entiendo muy bien lo de nocilla dream.