lunes, 1 de octubre de 2007

los poetas de la barra

"Va una catedrática a la inauguracón de una exposición de arte, y antes de entrar se arrima, como gran parte de los visitantes, a la mesita de la entrada donde están los canapés y el vino. El artista que expone la reconoce y se le acerca, y le pregunta, ¿qué tal está usted? ¿qué le parece la exposición? y ella contesta: yo, divinamente, estoy tan a gusto que como me descuide hasta entro a verla".
(anécdota real)


¿Está la cuestión en hacer callar a los poetas?

Es decir, hacerlos callar literalmente, pegarles una voz, rogarles, amenazarles, decirles que por favor cierren la boca, a los poetas esos del fondo del bar, a los que están de espaldas al escenario donde la poetisa del momento intenta, ya malhumorada, hacer sonar una cajita de música para comprobar hasta donde le están tapando el espectáculo los decibelios de la conversación de esos, los-poetas-de-la-barra.

¿Está la cuestión en recordarles con tono paternal que han venido libre y voluntariamente a un acto poético, dónde por tanto hay gente haciendo poesía en voz alta, que la poesía en voz alta es para escucharla, y que hablar a grito pelado es incompatible con el venerable acto de escuchar?

¿Está la cuestión en llevarse las manos a la cabeza como un anciano escandalizado al descubrir que los mismos que en este momento ignoran totalmente el recital de otros, son los que otras veces se desviven por declamar sus propios versos? Y aún es más, descubrir que incluso están entre los poetas-de-la-barra algunos de los que acaban de subirse, precisamente, a ese mismo escenario hace sólo un momento.

¿Está la cuestión en acalorarse por la falta de respeto, o deprimirse por la lamentable pérdida de información y versos en que están incurriendo los que pasan de todo?

No lo sé. Tengo dudas. No sé dónde se esconde, la cuestión en cuestión, y si puede hacerse, en esta época de libertades mal entendidas, algo más que patalear silenciosamente desde artículos como éste.

Sólo sé que fue incómodo el viernes tener el oído debatiéndose entre una ristra de versos bien hechos en frente, y detrás una charla fantástica acerca del pedo que se había agarrado Pepito el día anterior, y que de esta incomodidad compartida por muchos deduje que donde sí que no reside la cuestión, es en resignarse, aguantarse y asumir, y considerar normal (normal como adjetivo derivado del sustantivo norma) que sea la desatención, el desinterés y el ruido, el ambiente imperante en eventos poéticos alternativos, en esos donde precisamente no te obligan a sentarte y escuchar a la fuerza cualquier cosa, sino que te ofrecen, además de espectáculos y muestras originales y de calidad, la posibilidad de tomarte una cerveza tranquilamente mientras oyes poesía.
Que no es normal tampoco, señores a los que incumbe, que en un festival de poesía pase de la poesía un poeta.

Y que ya lo sé, que es otra vez lo de siempre. Que no se puede pedir en asuntos poéticos el aliento contenido de una final de fútbol, o la entrega de las masas en los conciertos de rock, que no, que no se puede.

O por qué no.

3 comentarios:

uno del fondo dijo...

Cuando tenés razón, tenés razón...

el zurdo dijo...

El 17 del pasado mes me pasó exactamente eso mientras recitaba en la sala Taboo dentro de este evento .

Me ha llamado la atención (por aquello que decía Jung de la sincronicidad -y que otros prefieren llamar providencia-) que la musa/némesis de mi buen amigo Ignatius hubiese convertido en entrada de blog esa mala experiencia un par de años antes. Esos momentos mágicos de Interné (no confundir con los momentos NESCAFE).

el zurdo dijo...

Ahora mismo, tras ver PERDIDOS (cada vez más mareante con el pasito p'atrás y el pasito p'alante temporal), esto que decía de Jung y de la providencia me resulta aún más redundante (¿sincronicidad dentro de la sincronicidad? ¿metasincronicidad como metalenguaje?).

Ignatius, ilumíname. Deja ya de jalar y hazme caso, connnio...