domingo, 25 de octubre de 2009

La poesía bate la nata de la nada

¿Hay alguien más sabio que Ory en cuanto a taumaturgia se refiere?
Yo digo que no

POESÍA Y DEFINICIÓN
Carlos Edmundo de Ory


No concibo a la poesía sin locura. En este cálculo aproximativo nada nos sorprendería la inversión de valores. Pues conocida es la aseveración que confiere un mucho de poesía a la locura. Ahora habría que preguntar: ¿Cuál es la negación? Y qué es más importante en cada caso: ¿la poesía o la locura? Aunque por separado no se legitimen tales "actos" sin su partícula fraterna.
Dos engendros productores de poesía son: el grito extraño, el grito exterior-interior, de
entrañas para afuera... Y lo ebrio, es decir: la significación especial de una potencia feliz, impuesta por las diversas divinidades del cuerpo humano, sean del amor, el alcohol o la misma poesía.
Cuando las palabras no son gritos o no son signos ebrios del sentido inflamado, todo lo que la poesía dice es poco natural y no es nada sobrenatural.
Cuando el poeta, sin cuidado ninguno de su facultad, bien alejado voluntariamente de su genio, se ponga ante lo invisible, quiero decir ante su propia inspiración, con el solo deseo de entregarse a ella, relegando al olvido el hecho "que se origina", cuando esto suceda, el poeta podrá decir que él hace poesía. Y efectivamente, sólo cuando el hombre se pone a hacer poesía consciente, deja de ser poeta.
Todo poeta tiene otro poeta superior dentro que le roba las imágenes y se las cambia por otras. El poeta pierde continuamente en la vida, en el cruce de los asombros, el apogeo interior que se trastoca en su propia imaginación. "Cuando podemos asomarnos a una vida de poeta -dice Dilthey-, observamos cuán poco de todo lo conformado y esbozado interiormente llega a ser ejecutado". Todo poeta ha naufragado, en los momentos de la creación, en la espesura de sus vivencias intraducibles, como en un lago ambiguo de sueños y de existencia. El sueño es el enemigo oculto del poeta, porque es el otro poeta que le absorbe la imaginación. Los surrealistas miran el onirismo como plato favorito, sin pensar que tienen la manzana en las manos, y que esa manzana se convierte en oro cuando se la toca.
"La poesía es el único mundo separado que existe dentro del mundo” (J.P. Richter). Es decir, es cosa interior bañada de cosa exterior. Y el mundo, por lo tanto, es el único agente atrayente, conocedor y convocador de poesía.
Todo poema resulta un cadáver para mí.
No me es posible todavía creer en la poesía viva, en la gran poesía pura.

Todo es sensibilidad y magia. El poema del poeta sale de su cuerpo y no de su lengua de discurso muerto.
Un poeta no puede contestar nunca a nada. Él es la Esfinge. Él hace preguntas.
Yo hago poesía esencial. No sonora, no "gramatical", no verbal. La poesía esencial, si se
puede definir, es lo más parecido a una instantánea intacta de la noción del sentimiento producido por el deseo de crear poesía, una poesía que se lleva dentro. Algo como un vómito o una expansión súbita vertida en gotas "petrificadas".
La poesía es una petrificación pura del deseo de lo poético imponderable: hacer poesía duele físicamente, como todo vómito o expansión. Es un desarme, un desagüe, un verter límpido en la basura del lenguaje. Se hace otro lenguaje.
Inventar es todavía ambiguo. Habría que decir: "se hace poesía". Lo más difícil en poesía es "hacerla". He aquí su fórmula "esencial". Los sonetos de Nerval son ejemplos puros de "esa" petrificación.
Siento el "aura". Me viene el lirismo espantoso. Soy el poeta de la enfermedad. No entiendo la lírica sino como una enfermedad de mi persona. Mi lírica comenzó cuando mis padres se juntaron en "beneficio" mío.
Un poema se hace con el delirio controlado.
Un poema verdadero es una consumación de conocimiento y de singularidad expresiva.
Lo que vale más que la realidad, acaso, puede que sea la oscuridad. Porque todo valor de realidad es siempre negativo, como que la realidad es relativa y no puede ser aprehendida por "nadie" como cosa absoluta, "en sí". Para que la poesía llegue a valer más que la realidad, aquélla ha de obtener el sentido oscuro de la realidad, aquel sentido que "prueba" la existencia de realidad por la magia o el esoterismo.
Nunca la poesía, una poesía, es en y por ella misma otra cosa que "un encanto" o bien algo en sí mismo inefable. Pues no puede ser otra cosa. Pero en cuanto al sentido, sobrepasa lo suave, lo indecible y nos presenta un fondo. En este fondo cabe "ahora" una realidad que se diría casi tangenciable, no toda la realidad absoluta del mundo, sino la realidad infundida en una verosimilitud absoluta.
En su parte más intocable la poesía es dueña de la presencia ideal, como quería Amiel ("la poesía vale infinitamente más que la realidad"), porque es inefable. Pero en su parte más palpable o cognoscitiva, la poesía es, en mayor o menor grado, inteligible, puesto que establece los datos últimos de un sentido (claro, que no lógico), porque es Versosimilitud. En suma, una verdad esencial y, por lo tanto, "una" realidad más grande que "la" realidad.
No hay poesía sin experiencia. No hay poetas jóvenes. La poesía es una operación de amor.
La poesía es la gangrena dulce.
- ¿Por qué eres poeta? -me preguntan a quemarropa. Y yo contesto casi distraído:
- No sé. Hace falta.
Y aún agrego como despertándome:
- Es que no he nacido para la felicidad.
- La poesía, ¿no es de los felices? -me preguntan ahora.
- Cuando los hombres son felices, no necesitan poesía y, a decir verdad, no le prestan mucho oído, dice Eurípides en Medea.
¿No veis que quiero hacer la poesía de lo insaciable? ¿No veis "nada"? ¿No veis, ay, ojos, oídos, labios, que la poesía bate la nata de la nada, nada en ella, se sacia de horror, de ser grande por debajo, en lo abisal? Me he consagrado a lo abisal. Soy poeta. ¿Quién puede decir lo mismo con su cadáver encima? Si hay una cosa inefable, tal como lo es el alma individual, es sólo la poesía sin nombre. La poesía no es humana sino en el hombre.
Lo real, lo verdadero, los pinchos del sueño, el olor del dolor y el sabor del ser (L´Etre), el galope autoritario de los cascos equinos, la noche llena de hambre, el amor lleno de
supuración, el misterio del demonio, la obra de Dios... en la tela de la poesía. Y, sin
embargo, ¿quién no pone en tela de juicio su poesía? ¡Es mayor que nosotros, ay! ¡Es mayor que nosotros!
¡Os lo pido, aspirantes a poetas, dejad el deseo moribundo de adquisición de reinos inasequibles! ¡Tendréis que penetrar y no penetraréis! Os lo dice... No, yo no os lo digo. No soy quién. Acaso he sido durante un tiempo un apprenti socier [aprendiz social]. O tal vez estoy quemado por la magia. ¡Veros ridículos ante lo trágico! El genio poético se paga con vicisitud y quemaduras terribles.
Yo no puedo remediar el sensualismo de mi poesía. Pero miren lo que quiero decir: mi poesía no es sensual. El sensual soy yo.
Keats y Baudelaire eran sensuales, más el primero que el segundo. Pero su poesía era, en el sentido de la destilación, pura; pura de lenguajes, pura de idioma. ¡Qué lucha la del poeta, lenta y ardiente, por la vinculación absoluta de su sangre con la lengua mágica!
Quisiera no asustar al precoz amante de poesía -e incluso al aprendiz de esta precocidad- si le digo que le hace falta comprender lo que una gran poesía -en su hermosura- tiene de metafísica.
Comprender que si, en cambio, tiene demasiada "prosa" o es demasiado pétrea o tiene demasiados arpegios… (casi a imitación de los pájaros) va a carecer esa poesía ya no sólo de grandeza: de metafísica.

Diré más: no he encontrado una definición de lo que es poesía tan impresionantemente "exacta" que la dada por Emily Dickinson, un poeta-mujer, que en su grandiosa minimidad concepcional en lo que respecta a su obra, sufrió el acicate metafísico. La definición es meramente humana, aunque empeñada en palabras, y es evidente que conoció su contenido como si fuera un cilicio. La definición reza: "Si leo un libro y ello me deja el cuerpo entero tan frío que ningún fuego puede calentarme, sé que eso es poesía. Si tengo la sensación física de que me arrancan la tapa de los sesos, sé que eso es poesía. Estas son las únicas maneras como la conozco".
Pues bien, ese escalofrío (ella dice "frío") no lo da la piedra fría de un verso, ni tan siquiera el almohadón de lo inefable juanramoniano, sino la oscura ala de la metafísica que hace girar, no en torno al "azur" de los decadentes, sino en torno al alma sedienta de exactitudes increíbles (la poesía-no-oída), al ángel de la Poesía.
Lo demás pesa y cae como el plomo. O si no se quiere plomo, jarana. "Lo esencial de la
poesía", dijo Wallace Stevens.
Mi poesía es un problema de sensibilidad expresiva, y un problema de angustia. Aunque quieran decir lo contrario muchos, con Valéry a la cabeza. "Poesía" es siempre rapto en el sentido que da Platón al poeta "en calidad de perseguido...". O una inspiración casi en calma, como decía aproximadamente Wordsworth.
Escribo bajo el dolor, y me importa únicamente hacer sensible el mundo que viene a mí desde fuera, o sale de mí, desde dentro. Esto vale tanto como una lucha interior. Pero que se entabla mediante el mundo. Poesía es el mundo, por supuesto. Y el poeta -un microcosmosólo- hace lo milagroso para poseerse "desposeyéndose", es decir, entregando su arraigada intimidad a las palabras.
Cuanto más torturado soy, más poético soy. Para ser poético, me miro, y allí donde
encuentro acción en mi vida, hallo "mi" nostalgia y la preocupación por esa nostalgia. Mi poesía es una nostalgia del "mundo".
Es ineludible en mí la metáfora como ropaje ornamental en el cuerpo de la Unidad de mi pensamiento. El lenguaje claro sirve sobre todo a la imagen, y si la imagen es oscura, no por eso el pensamiento es oscuro. Como no pienso por pensar, sino por "unir", o por unir imágenes, toda metáfora tiene un orden sucesivo. La metáfora es el imperativo categórico de la imaginación, del mismo modo que el pensamiento es el imperativo del espíritu y no de la mente (pues no se trata de pensamiento racional). Todos mis textos más profundos devienen una mística mítica. Por lo cual habrán de requerirse llaves, o digámoslo, claves que obren al acceso a la interpretación.
El que piensa está dentro de sus dominios. Y tras las palabras, vive una "obra" en constante revelación. Yo tengo una idea de las cosas, que sale de mi espíritu. Yo tengo un alma que me da ideas, como una madre da hijos. En un principio, nada se puede dar como formulado. Lo extraordinario es el dolor. Y todas las metáforas ejemplares describen el dolor. Si pudiese ser tan sencillo como Pascal, lo sería. Mas estoy cerca de Bloy en lo suntuoso, es decir en lo literario de las formas. Sin embargo, en el mismo Pascal me detengo sólo en la forma, y me deleita su belleza, aunque no comprenda o no me sitúe únicamente en la comprensión.

No obstante, todo son teorías. Incluso en el poeta, y la belleza viene a pelo como pretexto.
Es una seguridad más en que la verdad se sostiene. Las teorías son las verdades. Se pueden discutir, pero el que las transmite las da como aceptadas. Poco me importa la ineptitud pedagógica que dimana de su exposición intelectual, de "mi" fraseología.
Lo interesante es (estoy de acuerdo con Stanislas Fumet) su seducción. Una teoría que no tenga parangón, es de por sí una verdad tan irrefutable como es irrefutable una metáfora perfecta. Seguir un razonamiento no es seguir una verdad pensada con el espíritu. Dicho de otro modo, las verdades de la exploración intelectual no son semejantes a las verdades de la visión espiritual.
Pero la metáfora sigue siendo, como integridad literaria, nada más que un vehículo
trasmisivo. El único fin duradero es el cuerpo interno de la unidad disfrazada o convertida en parábola.
Y tengo que hablar, en otro momento, sobre la Verdad y sobre el Arte, como "asuntos"
distintos.
Para esta aplicación de dos recursos opuestos, tengo que remitirme, en primer lugar, a mi pobre Leon Bloy cuando dice: "Entonces, ¿qué queréis que yo os diga? Si el Arte está en mi equipaje, ¡tanto peor para mí! No me queda sino el expediente de poner al servicio de la Verdad ‘lo que ha sido dado por la Mentira’. ¡Recurso precario y peligroso, pues lo propio del Arte es fabricar Dioses!"
Porque: "Ya se llamasen Wagner, Dostoievski, Kierkegaard, Baudelaire, Arthur Rimbaud, Verlaine o Leon Bloy, viéronse obligados a "entregarse" a Aquel que les dio a veces un acento sobrehumano. Les fue del todo imposible no pronunciar un "Amén" definitivo, un Amén que fuera la suprema palabra del Arte, mientras el Arte, al cabo ya de su inspiración, renuncia y expira." (Stanislas Fumet: "Misión de Leon Bloy".)
Yo soy moral porque "soy" amor; y soy amor porque "soy" solo. El amor es lo único que puede importarme si me importa mi soledad. La moral para mí es todavía lo bello. Y el amor no es otra cosa que el amor por lo bello. La Belleza es lo que no se ve; en primer lugar, porque es imposible; en segundo lugar, porque es únicamente posible en sí misma. Todo depende de una cosa: la intensidad de la comprensión hacia la cosa: "Para que un hombre sea grandemente bueno -dijo Shelley- debe imaginar intensa y comprensivamente." Estar solo, como moral, como acto de apetecer lo bello fuera de uno, es concentrar la imaginación y, al mismo tiempo, vivir la humanidad. El acto más puro de los actos humanos es, según yo pienso, el estar solo. Es pensamiento y espíritu. Si bien, no es pensamiento y espíritu planificados. Todo lo contrario, pues la belleza, que se busca como "reino unido", es lo antiplanificado. El arte es deseo y humildad en el deseo. Es una capacidad teorética o contemplativa. De ahí que toda soledad grande, digamos artística, es soledad en lucha que separa para encontrar. El artista debe, y sobre todo el poeta, separarse de sí, salir de su naturaleza, "que no es bella", para percibir la unión de lo planetario que está siempre vivo, y que está más alto que la sabiduría individual.

Justamente encuentro más tarde, en un libro de Dewey, unas afirmaciones que coordinan exactamente con lo expresado por mí al querer ver, en lo planetario, o en su forma más corriente, "el ambiente universal", la cualidad material de ampliación en la expresión del arte como experiencia viva. Siendo así que según el propio Dewey "las experiencias que el arte intensifica y amplia no existen solamente dentro de nosotros, ni consisten en relaciones separadas de la materia". Y a continuación añade: "Los momentos en que la criatura es más viva, más compleja y concentrada, son los de pleno intercambio con el ambiente, en los que el material sensible y las relaciones están más completamente compenetrados". "El arte no ampliaría la experiencia si hiciera al yo retirarse dentro de sí mismo, ni sería expresiva la experiencia que resultara de tal retiro."
A veces escribo algo tan hermoso que me horrorizo de saberme desconocido.